lunes, 11 de agosto de 2014

Mario Vargas Llosa, el Tarantino de la Literatura


 
Cuando era adolescente todos mi amigos eran fans del cine de Tarantino. Era su director favorito y no conocer nada de su obra equivalía a ser marginado cuando hablaban de cine. Así que una tarde de verano le pedí a mi vecino que me dejara Reservoir Dogs y Pulp Fiction. Pronto entendí por qué les gustaba tanto Tarantino, esas películas parecían estar dirigidas por un adolescente, no lo digo en sentido peyorativo, pero es la palabra que me viene a la cabeza cada vez que veo un trabajo de este, por otro lado, talentoso director, adolescente. El uso de la música, los diálogos, el carisma de los personajes, la violencia, era todo muy del gusto de un adolescente. En realidad Tarantino en esa época contaba con apenas treinta años. Recuerdo varias escenas de ambas películas y menos el mítico baile de Uma Thurman y John Travolta todas tienen en común el uso de una violencia extrema. En una de ellas a un desgraciado atado a una silla le vuelan los genitales con una escopeta con cañón recortado.
 
Para mí -dice Tarantino- la violencia es un asunto estético. Decir que no te gusta la violencia en el cine es como decir que no te gustan las escenas de baile en las películas de Minelli. Traducido en las palabras de algún amigo mío de entonces: "mi escena favorita es cuando la polla del tío de la silla sale volando". 
 
Después el furor por Tarantino cesó. Los adolescentes se hicieron adultos y el bueno de Tarantino no era demasiado prolífico. Pero diez años después volvió a la carga con la serie Kill Bill otra obra maestra adolescente, un homenaje a Bruce Lee (a qué adolescente no le ha fascinado) donde una señora se venga de la muerte de su novio a golpe de Katana. Nunca la llegué a ver entera pero si recuerdo una escena donde una joven asiática le clavaba un puñal en la entrepierna a un señor, todo ello acompañado de gritos y chorros de sangre. Recordé en seguida al desgraciado atado a la silla y empecé a sospechar que a Quentin le pasaba algo con las emasculaciones.
 
De nuevo parón y vuelta a la escena internacional con un western, Django encadenado, y de nuevo, lo han adivinado, emasculaciones para todos los gustos. Yo no pude evitar en ese momento la sonrisa que se nos dibuja a todos cuando se confirma que teníamos razón. Mi veredicto no había cambiado en veinte años y el sobrevalorado Quentin, tampoco. Era un cine adolescente amante de las castraciones.
 
Entre medias acudí al cine a ver la también sobrevalorada Sin City donde aparecen algunas de las castraciones más horripilantes. Eso y el estilo general de la película me recordaban tanto a Tarantino que cuando vi en los créditos finales "Quentin Tarantino director invitado" estuve seguro de quien había rodado la escena donde Bruce Willis le arranca los genitales al malo como haría un hortelano con una zanahoria que se le resiste en el huerto.
 
Llegados a este pueto puede que alguno se diga para su adentros, "bueno Javier, la próxima vez que vea una de Tarantino por tu culpa en vez de seguir la trama especularé por adivinar a quien castran primero pero esto es un blog de Literatura y Mario Vargas Llosa aparece en el título de la entrada." Tiene usted razón.
 
Mario Vargas Llosa es lo suficientemente famoso en España para que cualquiera lo conozca, guste o no de libros. En mi imaginario personal, víctima de los prejuicios dominantes, Vargas Llosa era el "malo" de los dos mejores escritores vivos de América del Sur. El otro, el "bueno" era por supuesto Gabriel García Márquez. Hoy sé perfectamente que esta división obedecía a criterios ideológicos pero entonces ¡alma cándida! pensaba que era por criterios estrictamente literarios. Así que cuando me decidí a "leer algo" me fui directo al libro más alabado y al autor más ensalzado, Cien años de soledad, por supuesto. El libro me pareció bueno, aunque pensé entonces y sigo pensando hoy que no hay para tanto. Pero lo que me gustó de verdad fue el magnífico prólogo de Vargas Llosa  que incorporaba la edición de la Real Academia , ¡qué gran lector era aquel tipo! ¡de qué manera tan brillante ensalzaba al libro y a su autor!
 
La cosa se quedó ahí hasta que quince años después tomé "prestado" de la biblioteca de mis padres La fiesta del Chivo. Me costó decidirme, un libro sobre un dictador de la República Dominicana... no me atraía demasiado. El caso es que comencé a leerlo y pronto comprobé la calidad que atesoraba y con la alegría del que encuentra mucho cuando esperaba encontrar menos lo leí a buen ritmo. Tan contento quedé que compre nuevos libros suyos. Así llegaron a mis manos La guerra del fin del mundo y La ciudad y los perros que me reafirmaron ambos en lo buen escritor que era Vargas Llosa. Una cosa que no me paso desapercibida fue que en todos los textos de Vargas Llosa alguien era castrado. Inmediatamente me acordé de Tarantino  "¿Irían al mismo psiquiatra?"
 
Ayer por la noche, con un luna gigantesca, rebusqué por mi biblioteca un libro finito con el que entretenerme hasta que me entrara el sueño. Di así con un librito  de cuentos de Vargas Llosa. Uno de ellos, titulado Los cachorros, narraba la vida de un chaval al que el perro del colegio le arrancó el pito a mordiscos. "Con este cuento Tarantino hace un corto estupendo" pensé para mis adentros. Ahí estaba otra vez, 100% de efectividad. Uno puede entender bien que un norteamericano con cara de sádico y que no ha superado la adolescencia le priven las pollas voladoras y los testículos espachurrados pero en el mejor escritor vivo de América del sur, con su sonrisa perenne y su buen juicio... le choca más.
 
Vistos los gusto de ambos, yo le recomiendo a Mario Vargas Llosa el cine de Tarantino y a Tarantino los libros de Vargas Llosa.
 
 
 
 
 
 
 
 

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